DON JUAN DEFAUR, UN MECÁNICO AUTODIDACTO

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Crónica

Pinteños de ayer y hoy

Uno de los beneficios de vivir en comunidades de antigua raigambre en nuestra comuna, es la de conocer personas, hechos y actividades dignos de memoria y merecedores de nuestra atención como la persona que encabeza este titular.

Gracias al contacto de nuestra consocia señora Eliana Peña y don Tito, su esposo, una tarde de domingo fuimos a visitar a don Juan en el sector de Ciruelito, casi frente al camino que conduce al sector de El Rodeo, en donde pasé algunos veranos de mi infancia. Con aprecio nos recibe su hija y luego aparece don Juan, una persona dispuesta a compartir sus recuerdos y sus quehaceres que lo mantiene en actividad a pesar de tener más de ochenta años, estar casi sordo y viudo. Nos informa que su apellido proviene de ancestros franceses que se aventuraron por esos campos a principios del siglo pasado y que su padre era muy bueno para reparar herramientas y hasta hacerlas, lo que aprendió compartiendo con su progenitor, quien prematuramente dejó este mundo y él, casado con  la señora Fresia Torres, formó con mucho esfuerzo laboral a sus ocho hijos, enseñándoles con su ejemplo de hombre sencillo y trabajador.

Nos cuenta y nos muestra restos de una fragua en donde fundía fierros para hacer o reparar herramientas, como también su capacidad para encontrarle el arreglo a complicadas maquinarias hasta dejarlas como nuevas y hacerse un nombre como mecánico y reparador de estas. Con su experiencia, don Juan se aventuró a reparar maquinaria mayor como trilladoras o tractores, contando con estas para ir entregando sus servicios a sus vecinos y trillarles sus trigos con la ya extinguida “máquina pará” lo que hacía en tiempos de verano.

El señor Defaur, con lucidez y emoción recuerda esos tiempos en donde la tecnología era escasa, tan escasa que no tenían camino directo, escuela o posta de primeros auxilios, tan distintos a estos en donde varios de sus nietos son profesionales, lo que lo llena de orgullo, saber que sus “huachitos” ahora son ingenieros, médicos o profesores, como su hija Nancy, profesora encargada de la Escuela de Ciruelito.

Con mucho agrado nos muestra su molino de harina tostada en pleno funcionamiento y con buena clientela, como también su taller en donde todavía hay herramientas por él confeccionadas, como una ingeniosa peladora de avellanas o las “marcas” que tantas hizo y las cuales se utilizaban para señalar animales y ayudar a evitar así el robo de estos.

Conversar con don Juan Defaur es entrar en pleno contacto con el ayer como él lo recuerda, siempre con un espíritu de servicio y ayuda a sus semejantes, como el hecho de cobrar sumas económicas por sus trabajos o ayudar a quien tenía algún apuro por reparar o hacer herramientas, como arreglar hachas, guadañas o tijerones, entre tantas otras.

Rodeado del cariño y reconocimiento de su familia, vive en una propiedad en donde abundan flores, castaños, parrones y aves de corral como pudimos constatarlo mientras saboreábamos un racimo de uvas.

Llano a conversar y presto a permitir sacar fotos a su persona y pertenencias, don Juan siempre está dispuesto a explicarnos lo que le preguntamos y nos quedamos con la agradable sensación de estar compartiendo con una persona que se entregó de lleno al trabajo y a su familia. Nos despedimos de este verdadero mecánico que se forjó asimismo en la escuela del trabajo y la experiencia, le agradecemos su tiempo y nos quedamos con la grata sensación de haber conocido y compartido con un buen vecino, padre y abuelo, ejemplo para muchos y orgullo para su familia.

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